Cierta mañana al levantarme osadamente asustado no podía creer lo que mis oídos escuchaban a los cuatro vientos de mi barrio y otros barrios aledaños, la voz de doña mi mamá anunciado a los habitantes de la comunidad la venta de mute, sancocho de gallina, carne asada más pepitoria con el fin de recaudar fondos para los adornos navideños de la cuadra, aproximadamente a las siete de la mañana; dicha alocución por medio de las bocinas o parlantes ubicados en los postes de luz en cada cuadra, manzana y redomas de la junta de acción comunal del barrio, ¡No lo podía creer¡ hasta tal momento, escondí mi cabeza debajo de la almohada tratando de pensar que era solo una pesadilla pero quería de nuevo verificar si era el tono o el color de voz de doña mi mamá quien, y vaya sorpresa, era la locutora. Como era común la alarma que me despertaba hasta ese día era la vieja lavadora haceb color hueso que no solo lavaba, su motor sonaba peor que una licuadora, para rematar no era estática; era bailable, se movía desde el lavadero hasta casi la puerta de mi cuarto, alertando que eran las seis de la mañana, pero ese domingo la alarma fue un dardo que me marco cierta parte de la vida en comunidad, la mujer que me trajo al mundo aprovecho la cuña publicitaria y el altavoz para anunciar a su segundo hijo la siguiente alarma matutina: ¡Diego son las siete pasaditas, levántese a desayunar…
Desde entonces perdí la poca vergüenza que me quedaba y ahora contare de donde tal vez se pudo sacar las gallinas del sancocho para los eventos especiales.
No podía dejar de escribir algunos de mis pasatiempos en la niñez, con sueños de volar aunque sea con cometas, jugar con maras, trompo, la lleva y las escondidas sin límites ni fronteras, donde el mundo no era de nadie y todo era gratis hasta altas horas de la noche en la inolvidable cancha, pues al no escuchar el tercer llamado desde la casa para irme a dormir, era correteado por mi papá que con chancleta en mano no me dejaba opción alguna si no meterme debajo de la cama, trinchera adecuada pues él no se podía agachar gracias a su barriga.
Hacia parte de una banda completamente masculina que se dedicaba al hurto calificado de bromas, aventuras con llantos de risas, donde un combo de mocosos, patirrajados y cara sucias, recorríamos calle arriba, calle abajo explorando los días en diamante en bruto que nos arrojaba la gran mina que fue la calle.
Cada persona de un colectivo o grupo tiene unas características o habilidades que lo hacen diferentes a los demás, en mi caso siempre fui una especie de Robín Hood, sin capa ni espada, solo con unos zapatos converse de tela, un conjunto de camisa y pantaloneta que me quedaban ya salta charcos por aquello del crecimiento. En esos tiempos algunas de las victimas de nuestras travesías eran un viejo colonial restaurante, las cosechas de piñas en Lebrija y los improvisados galpones de los vecinos.
La fuente de los deseos ubicada en el restaurante, el cual me reservo el nombre por seguridad (pues quizá si algún día ingreso a él, cuando me pasen la factura me cobran todas las moneditas que ultraje) pero ustedes calcularan cual es por ser el único con pozo, donde los creyentes turistas lanzaban monedas tal vez pidiendo un deseo, como el que la cuenta del almuerzo no fuera costosa, el Hood criollo esperando la distracción y el espaldarazo de los meseros, con un movimiento felino corría hasta la fuente, se sumergía sostenido de las piernas por Junior su cómplice, por si acaso se iba al fondo de la fuente, utilizaba las manos como especie de atarraya submarina para recoger cual fuera tesoro en el fondo, cuando de repente mojado el torso superior, salía sin respiración pero con las monedas de mayor denominación en sus manos, empapado las guardaba en las medias y pendiente abajo se desplazaban corriendo con el peso que hace el agua y las monedas, perseguidos por un grupo de furiosos meseros que perdíamos al doblar la esquina. En la tienda de doña Aura cambiábamos las caras y sellos de los metales por suficientes yogures y tato´s para llenar las panzas de todos quienes se nos acercaban.
Con barrigas llenas nos entusiasmábamos por realizar algo con más atrevimiento, un asalto que no solo nos llenara el hambre si no los cajones de mercado de casi todos en el barrio; el cerebro con orejas del grupo llamado Walter, ideó hacer un asalto a mano con costal de fique en las colinas que unen a Girón con la capital piñera de Colombia. Sin conocer las consecuencias, tomamos rumbo fijo por barrio arriba con más de siete integrantes quienes llevaban consigo permiso denegado de la casa. Al caminar más de media hora por trocha seca, inventábamos atajos, que en vez de reducir camino nos desubicaba, algunos aún no tenían control de esfínteres y escondidos detrás de arbustos utilizaban hojas grandes, verdes pero esponjosas de los arboles con troncos más gruesos. Al escuchar al guía gritar con entonación de gallos en la garganta: - Llegamos! La emoción era asaltante, campos abiertos, sin cerca alguna y a la vista solo se podía contemplar un mar tropical de piñas. Si las piñas hubiesen valido lingotes de oro, hubiésemos sido dulcemente millonarios esa tarde; arrancando el tallo de la raíz quitábamos las piñas con las manos cortadas y picadas por la cascara cortopunzante del codiciado fruto, momentos más tarde con el costal lleno nos avisaba que era hora de regreso; labios reventados por el sabor agridulce, emanaba sangre que era secada por nuestras camisas, tarea de desmanchar para nuestras madres, de la nada se escucho el ruido de un automotor que nos hizo acurrucarnos en la tierra que nos camuflaba entre las líneas de las ordenadas cosechas, cuando la supervisión paso corrimos de vuelta a los atajos para que nos regresaran victoriosos al barrio. Entre cantos, silbidos y gritos, para que las niñas bonitas de las cuadras salieran por las ventanas y puertas a recibirnos, el saco de fique en hombros era expuesto ante los vecinos, a lo que con solidaridad este humilde Hood otorgaba parte de lo que le correspondía al baúl del mercado de la casa, a propios y a extraños. Al anochecer nos reuníamos de nuevo adoloridos no por el esfuerzo físico que exigió la travesía piñera, si no por la reprendida golpiza posterior que nos proporcionaron nuestros padres por ser delatados supuestamente robando lo ajeno.
La mejor salida era volver a entrar al juego, la noche siempre jugó a favor de los días inolvidables de la niñez, pero para quien no jugó mucho a favor fue a uno de mis mejores amigos de tetero, colada y bienestarina, él en cierta parte era como la noche, de color medio oscuro, y por otra parte era el más miedoso del grupo, Buñuelo, su alias se debía a su forma redonda cuando estaba de meses. Viendo que el negocio no daba muchos frutos porque entre más vacas menos leche, opte por convencer al Buñuelo para que fuera el Chompiras cómplice del omnívoro plan, para que la ganancia solo fuera dividida como correspondía, un 75% para mí y el resto para licitaciones. El campo estaba despejado, la hora nocturna marcaba el reloj, en lo alto de las ramas estaba el producto, la escalera humana era el trabajo de mi cómplice. Sin más preámbulo nos dirigimos al corral ubicado al frente de la tienda de don Bruno, caminando sin hacer ningún tipo de ruido, llegamos como gavilanes al punto, como habíamos pactado me subí gracias a el escalón improvisado por mi ayudante, trepe el tronco, con sutileza movía las ramas y no veía a la coloradita que tanto me había gustado cuando comía maíz, inesperadamente las escandalosas iniciaron a cloquear con tanto ruido que cuando mire abajo Buñuelo ya no estaba, escapó pues en la casa no había orinado; sin chance alguna la vi gordita y jugosa, salte de una rama a otra y con malicia indígena la atrape sujetándola de las alas, al fondo se prendió el bombillo de la casa sin más escapatoria salte al suelo y salí corriendo con la gallina aleteando con el caldo doña gallina que me había encargado doña mi mamá para el sancocho del día especial.
Dedicado a: Don Julio, señora Zerpa y Mafe. Pequeños momentos solo bastan para conocer grandes personas, no importa el origen, el acento o nacionalidad, todos somos una familia. Una tarde alcanzo para ganarse mi cariño, admiración y respeto. Cuenten conmigo pa´ las que sea, nos vemos en Bucara o en las islas Morrocoy. Estén con Dios que El esta siempre con nosotros.