A petición de un amigo el cual no plasmo su nombre pues le gusta reír y burlarse de los osos o de la vergüenza ajena pero cuando le sucede algo cómico a él, solo se ríe para adentro, es el típico colombiano o mejor dicho un colombiano que se respeta, pues el sentido del humor va siempre delante de los otros cinco sentidos, voy a relatar una anécdota con moraleja que me sucedió en primer semestre de la universidad, no solo las fábulas tienen animales, soy un animal con moraleja. Una primiparada que suele suceder ya sea por reglas generales de la vida académica, por reglamento universitario, por ingenuidad o porque simplemente se está de malas.
La universidad cooperativa de Colombia me recibió con los brazos abiertos, el criterio político escondido y las puertas más paredes recién pintadas antes que pisara por primera vez sus instalaciones, en la misma línea sin pisar la universidad ocurrió el hecho. Con un Dios me lo bendiga del Hotel Mamá 5 estrellas International me despidieron, en la recepción del honorable hotel estaba la dama de llaves quien me notifico mi primera clase, joven Diego, salón 504 a las dos en punto y el botones con mi nueva agenda de notas con título: 5 materias. Con pinta nueva, peinado de lado, jean desmechado, camisa bicolor y sandalias de cuero me dirigí a la parada del bus, en el camino a la parada consultaba que ruta me servía arribar, hasta que por fin me dieron el nombre del letrero, esa ruta resulto ser mi transportadora en toda la carrera universitaria, por lo tanto no llevaba solo una persona más si no mis afanes por no llegar tarde a clase, muchas veces se convertía en biblioteca rodante pues estudiaba durante el recorrido y por bien general craneaba a quien le podía prestar los trabajos por un beneficio personal. Eran aproximadamente la una y veinte de la tarde, cuando lo vi doblar la curva, a lo lejos se acercaba el esperado bus, lo primero que accione fue sacar el grueso y único billete para pagar el pasaje, así que opte por meter la mano a mi bolsillo y desdoblarlo, rodando se iba acercando, como gesto cultural establecido para que el conductor brinde una gentil parada en la zona marcada, saque mi mano derecha a la altura del hombro, con dedo indicado y como una orden se detuvo. Frente a mi estaban los tres escalones para sumergirme en el bus, un paso, dos y tres, mi cintura hizo contacto con la registradora, al mismo tiempo mi mano alcanzaba el billete desdoblado que hace insignia nacional a la histórica Pola, un billete de diez mil pesos el cual pagaba el tour de $ 1.150. - Uyyy joven… ¿no tiene más sencillo? Cómo ve el bus está solo y no tengo como recibirlo, dijo el conductor sin lucro producido, pero con gentileza para bajar bandera, voz gruesa y mucha advertencia añadió: - ¡Cuando se vaya a bajar me pide el cambio! Sí señor es lo único que tengo, respondí con ingenuidad de Caperucito. Le hice dar giro a la registradora, frente a mi tenía un pasillo, pasamanos y dos costados desocupados de sillas, ahora como un rey el bus como limosina solo para mí el primer día. Me senté y como un perro de rico el hocico a la ventanilla, la abrí para recibir aire y vista, pasaban las calles y avenidas y ninguna otra alma al bus subía. Semáforo en rojo sobre la carrera 27, mi mirada hacia afuera del bus, con un poco de preocupación pues mi puntualidad salía a relucir otra vez, de repente me alerto el sonido traqueador de la registradora y de la nada tenía una hermosa compañía.
No lo podía ni siquiera imaginar, mi primer día de clases ¿así sería la universidad? Más de 25 sillas tiene el bus, con dedos cruzados y con mente realista que con tantos puestos y ventanillas cerca de mi no se iba a sentar. No lo podía creer, con pasos finos, columna recta, en sus manos su cartera y una agenda, su trasero desinflo el aire de la silla al otro lado del pasillo, disimuladamente la mire con pretexto de hacerme el desubicado o perdido en la ciudad, por segunda vez el rabillo de mi ojo solo podía constatar su tez dorada, cintura de 8, cabello cuervo hasta el final de su último disco vertebral, cara fina e inspiracional, jean ajustado y blusa ombliguera, su perfil latino que me hizo creer que Pocahontas estaba perdida y no era Disneylandia. Los nervios se cruzaron al igual que mis piernas, por ser tan tímido, el silencio me domino, miradas fueron miradas vinieron, todo el resto del mundo se me olvido. Abrió su agenda muy probablemente para estudiar, un dato curioso y una novedad, el escudo verde, negro y amarillo con tres letras en sigla mayúsculas me dieron un aviso, UCC. ¿Un aviso divino? ¿Una señal? ¿Una casualidad o causalidad? O simplemente coincidencia.
Mi puntualidad fue un polo a tierra pues me ayudaba a ser racional con la hora de clase, recordaba a la dama de llaves ya que me indico la hora y el lugar, al otro lado la subjetividad que me distraía ustedes ya sabrán.
Con una sonrisa inesperada, voz de consentida y soñada, no tenía reloj mucho menos la hora exacta (es lo bueno de tener algo que otros no tienen, por eso siempre tengo un reloj y un pañuelo) suavemente exclamo: - Me dices la hora por favor. Con mente en blanco y mirada ida, conteste robóticamente como despertador de mesa de noche, es la una cincuenta y cinco es la una cincuenta y cinco es la una cincuenta y cinco es la una cincuenta y cinco.
El bus se detuvo para dar el servicio a un individuo inadvertido con panza y candado no muy bien vestido, se sentó un puesto delante mío, con carpetas en sus manos, pero mi compañera al otro lado hacia que el resto del mundo fuera en vano. Mi celular timbro y tenía dos opciones contestar o mirar con guiño de ojo a la linda Pocahontas, sin más rodeo decidí contestar y mirar. El botones era quien llamaba para saber cómo iba mi rato, le conté efusivamente que iba tarde, pero mirando el nombre de la materia y el profesor me sonaba a materia de relleno con pocos créditos y el profesor mínimo un rancio, vejestorio, amargado y con bajo conocimiento pues dictar materia de primer semestre era muy bajo. Lo último que el botones expreso fue: no te las des de universitario porque aún eres un primíparo… se cayó la llamada.
A unas pocas cuadras de la universidad, se preparo para bajar, guardo agenda, lápiz y hojas, sabía que íbamos para el mismo lugar, las cuadras fueron disminuyendo y así mis nervios, para ordenar la parada tenía que ir atrás a timbrar, me dispuse y el timbre gane como jugando tin tin corre corre. Como me lo esperaba a mis espaldas la linda Pocahontas, sonriendo pues las miradas muchas veces hablan al igual utilizan los mismos signos y formas gramaticales.
El bus se detuvo y baje primero para darle la mano, primero por caballerosidad y segundo para saber si era real, el mundo se fue encima o mejor recibí un baldado de agua fria, pues en un puesto de galguerías al lado de la parada estaba su enamorado con brazos abiertos esperándola, quede tibio y congelado pero con un leve empujón a mi espalda disfrazado de calle llena y caminada propinado por el señor panzón que estaba delante de mi puesto en el bus, me desperté después de unos segundos, algo se me pasaba por la mente, siempre tengo sensaciones de cosas pendientes o por hacer, tenía un sin sabor mental, algo no estaba bien pero mi mente a largo o corto plazo nunca me falla y fue ahí cuando grite a los cuatros vientos: ¡Jue...madre!… el cambio del billeteeeee.
Al volver a mirar el rumbo del bus, había cruzado una curva ya muy lejos, corrí con esperanzas de alcanzarlo pero era fallido el intento, mire el reloj, las dos y doce, estaba entre la espada y la pared, billete o universidad, baje la marcha y me incline por la universidad perdiendo el rastro y la placa del bus, con la convicción que me tocaba caminar a casa. Ingrese a la universidad, con más rabia por mi error o porque el conductor estaría diciendo: que joven tan bobo, se puso a mariquear y le cobre por dormido, esa plática se perdió.
Caminando ahora sin afán escale hasta el quinto piso, pasado de hora, aburrido y sin plata en los bolsillos, busque el salón 504, me situé frente a el, la puerta estaba cerrada pero con todos adentro, gire la perilla, abrí la puerta y… el profesor era… "el rancio, vejestorio, amargado y con bajo conocimiento pues dictar materia de primer semestre era muy bajo".
Moraleja: Mirando detenidamente un billete de diez mil pesos y lamentándome por lo sucedido, primero detalle que Policarpa Salavarrieta era la verdadera Pocahontas en ese momento y no la india que me hizo caer en la serie de errores de la primiparada, segundo la prudencia es la madre de la sabiduría, por más que intenté obtener las mejores notas con… (El rancio, vejestorio, amargado y con bajo conocimiento pues dictar materia de primer semestre era muy bajo) el profesor fue cuchilla con toda razón y rabonearía, aún tiene mi prejuicio que le di ese día. Por último me da vergüenza nacional pues no le salve la patria a Policarpa Salavarrieta en ese instante pero tiene que darse cuenta que ella también dejó descuidada la vergüenza y la seguridad nacional algún día por estar en las mismas con Simón Bolívar.
En fin la distraidora resulto ser la india y el profesor el cacique maya del semestre.
Dedicado a: El profesor que me sonaba a materia de relleno con pocos créditos y mínimo un rancio, vejestorio, amargado y con bajo conocimiento pues dictar materia de primer semestre era muy bajo.
Por respeto no relevo su nombre pues fue el de la petición de esta anécdota.
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